Sentimientos anónimos
5 Septiembre 2008
Subirse al bus es iniciar un nuevo viaje. Un breve viaje, por el que discurrirá rápidamente su pensamiento, de aquí para allá. De rostro en rostro.
Cada vez que se sube al bus, inicia una relación anónima. Una breve relación con el resto de pasajeros del mismo.
Mira, observa, escucha. Relaciona. Una breve relación que desaparecerá nada más bajar del bus.
Se sube al bus. Cada día a la misma hora. La misma línea. La misma lluvia.
Cada día un bus diferente. Un chófer diferente. Personas diferentes. ¿Volver a empezar, cada día?
Es la utopía de la gran ciudad en una como la suya. Un sueño. Sueña cada vez que sube, en encontrarse cada vez con alguien diferente. Sueña con estudiar sus rostros, sus miradas, sus pensamientos internos. Hablar sin hablar. Reir sin reir. Llorar sin llorar.
Y sueña, con ser parte de las vidas de los demás, por un pequeño instante, un minuto, un sólo segundo… que queda vaciado en el abrir y cerrar de puertas. Abrir y cerrar que supone un discurrir de gente nueva. Un nuevo flujo de pensamientos, expresiones, rostros e ilusiones.

Un utópico sueño en una ciudad muchísimo más pequeña como para que eso pudiera ocurrir. Algo lejano para sus esperanzas. Huir del mundo, desconectar. ¿Empezar de nuevo? Una nueva oportunidad. Una oportunidad que surje cada vez que sube a ese bus. Cada vez que alguien se sube a su bus.
Pero nunca lo consigue. Nunca consigue aprovechar todas esas oportunidades. Entra, sí, sigilosamente por momentos en la vida de los demás. Escuchando atentamente, mirando. Pero nunca se atreve a entrar de lleno, de verdad. De acercarse.
Y un buen día, aquella persona en la que entró en su vida por un pequeño momento, volvió a aquel bus. Y siguió escuchando, observando. Pero nunca se atrevió a acercarse a nadie. Nunca llegó a entender por qué fué la única persona que volvió a aquel siempre anónimo bus. Nunca.
Y pasaron los años. Seguía cogiendo el mismo bus. A la misma hora. La misma línea. La misma lluvia.
Pero algo cambiaba. Cada vez se daba cuenta de la necesidad de empezar de verdad. Siempre soñó con hacerlo, siempre lo tuvo ahí, pero nunca lo hizo. Era la hora de volver a empezar.
Y aquel ser, volvió a entrar en aquel bus. Nunca lo había entendido, pero en ese momento terminó de comprenderlo. Era una señal. Una persona entre tantas miles que habían pasado por allí no podía ser menos. Y se acercó.
Por su corazón pasaron indescriptibles sentimientos, que nunca antes había vivido. Esta vez, no eran breves momentos por los que pasaba por la vida de los demás, no. Entraba de verdad. Había logrado su objetivo. Era entonces el momento de abandonar para siempre aquel bus.
Era el espíritu errante de la línea número trece. Acababa de volver a empezar. Volver a nacer. ¿Resucitar?
Desde aquel día nadie volvió a pasar dos veces por la misma línea. Pero volvió a subir otro nuevo espíritu errante que volvía a pasar desapercibido entre todas aquellas personas. Subió al bus. A la misma hora. A la misma línea. La misma lluvia.










Debo decir que esta repentina inspiración está causada en parte por Ianire jujua.
Una foto de Flickr ha encendido la chispa y un relato de este chico http://www.escribiresvivir.com han conseguido que le diera un poco de forma a la trama ^^
Dudo que algo así se repita en mucho tiempo, pero tengo clara una cosa: el colegio en sí inspira, y vivir en él con su gente aún más.
De primeras, decir que me gusta mucho el titulo… ^^ y por lo demás, ya te he dicho lo que opino del texto, pq como a esto no le daba la gana de ir xD Pero bueno, estate orgulloso de tus palabras, y de tus viajes en bus en busca de infinitos. La proxima, diselo todo desde el asiento… quizás te este escuchando ^^
[...] de Noviembre de 2008 Hace unas semanas hablaba de todo lo que podía pasar en un viaje de autobús en la ciudad… y todo ello está cada vez más [...]